Hay días en los que la inspiración simplemente no aparece.
No llega con una melodía clara, ni con una frase brillante, ni con esa sensación mágica de “ya está”.
Y lo que probablemente piensas cuando eso pasa es que hay algo mal contigo como creativo o compositor. A mi también me ha pasado, pero con el tiempo he venido comprendiendo algo nuevo:
No sentirme inspirada no es lo mismo que no tener nada para crear y acá te comparto algunas cosas que hago, y he dejado de hacer, para poderme mantener creando.
Dejé de esperar a sentirme inspirada
Todos hemos asociado el crear con sentir inspiración, y aunque es romántico y hermoso, la realidad es que nos puede llevar al extremo peligroso de que si no sentimos la inspiración (lo que sea que eso signifique para cada quien), entonces no hacemos nada. Como si estuvieramos esperando a que las ideas vengan a llamar a nuestra puerta.
El problema de la inspiración como una emoción (y el grueso de las emociones) es que muchas veces es impredecible y 100% impermanente.
Si dependes solo de ella tu proceso se vuelve frágil.
En mi caso personal tuve que preguntarme varias creencias acerca de la inspiración, y lo primero que cambié fue esto: Dejé de esperar sentir algo especial para empezar.
Empecé a crear aunque no hubiera ganas, aunque no supiera a dónde iba y aunque todo se sintiera plano. Muchas y muy buenas ideas surgen así y se van cargando de inspiración en el proceso de irlas desarrollando.
Entendí que la inspiración no siempre es emoción
A veces creemos que la inspiración tiene que sentirse intensa, profunda, casi espiritual.
Pero muchas veces llega de formas mucho más simples:
- Curiosidad
- Una pregunta simple
- Una incomodidad
- Aburrimiento (Si, así tal cual)
Cuando dejé de buscar “sentirme inspirada” y empecé a buscar estar presente, las ideas comenzaron a aparecer de otra forma.
Uso el cuerpo cuando la cabeza está bloqueada
Cuando mi mente se llena de ruido hago algo muy básico:
- Tarareo sin pensar
- Repito un ritmo
- Toco una nota durante un rato
- Camino mientras escucho/emito sonidos.
Solo pensar desde lo intelectual muchas veces nos manda por espirales descendentes de mucha parálisis y para eso a veces recomiendo activar el cuerpo y lo sensorial. Mover el cuerpo desbloquea cosas porque nos obliga a estar en el estado en el que él se encuentre, es decir: En el presente.
Muchas ideas no nacen del pensamiento sino del movimiento.
Me permito crear cosas que no van a servir
Esto fue clave.
Durante mucho tiempo solo intentaba crear algo que “valiera la pena” o que ya tuviera un objetivo 100% claro (el estilo exacto, el propósito comercial etc etc).
Eso mataba cualquier posibilidad de juego, y ojo, no estoy diciendo que sea malo proponerse ciertas cosas, sino que lo que nos propongamos necesita tener cierta flexibilidad porque la creatividad florece en el espacio que a veces no nos permitimos emitiendo muy pronto para qué sirve lo que estamos haciendo.
Hoy me doy permiso de crear:
- Ideas incompletas
- Canciones que me va a tomar tiempo terminar
- Sonidos que solo existen ese día.
Cuando quité la presión del resultado las ideas empezaron a fluir.
La inspiración se siente más cómoda cuando no la estás evaluando porque a la larga la inspiración es la disposición que tienes de aceptar el presente con lo que sea que él esté produciendo.
Cambio el punto de entrada
Cuando no hay ideas, no insisto siempre por el mismo lugar.
Si no aparece una melodía, pruebo:
- Una idea para el texto
- Un ritmo o un beat
- Una progresión armónica
- Una sensación corporal, o una proyección emocional en mi cuerpo
- Un juego de fonemas que no pertenezcan a ningún lenguaje en particular.
La creatividad no entra siempre por la misma puerta.
Cambiar el punto de entrada cambia el resultado porque también cambia la dinámica de juego.
Me apoyo en mi mundo referencial (sin copiar)
Escuchar música, leer, ver imágenes, usar herramientas generativas… todo eso puede ayudar. Pero no para copiar sino para activar.
A veces un sonido, una palabra o una textura interesantes pueden despertar nuestra curiosidad por descubrir cómo fueron hechos y luego esa apropiación de nuevos recursos pueden despertar una nueva manera de desarrollar algo propio.
La clave está en usar estos recursos como disparadores, y no como moldes.
Aprendí a confiar en ideas sencillas
No todas las ideas llegan grandes y super elaboradas, algunas llegan como un gesto mínimo.
Antes las descartaba porque me parecían poco contundentes, no elaboradas, no muy inspiradas. Ahora las escucho.
Las ideas son materiales, y en esa medida una idea sencilla puede irse sumando a más materiales y crecer y desarrollarse si se lo permites, dándole tiempo y espacio.
La inspiración también se construye
Con el tiempo entendí que la inspiración no siempre aparece primero. Muchas veces aparece después de empezar.
Crear incluso sin inspiración me enseñó algo importante:
La creatividad no es un estado espontáneo; es una práctica, y como toda práctica se debe cultivar.
Cuando no me siento inspirada, continúo creando muchas veces con ideas sencillas, muchas otras veces con canciones no terminadas a la primera sesión, pero apareciendo a disponerme lo más seguido que puedo.
No creo en la creación como un acto pasivo de esperar a sentir algo especial sino en sostener el vínculo con la música incluso en los días silenciosos, y muchas veces es justamente ahí donde han nacido las ideas de las que me he sentido más orgullosa.
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